domingo, 13 de enero de 2008

La Corresponsabilidad como Estrategia en el Desarrollo Comunitario

Autora: Cnel (AV) Heddy Luppi Uzcátegui

Uno de los mayores problemas de los proyectos de Desarrollo Comunitario, que afecta tanto su carácter ético como su eficacia y sustentabilidad, es la falta de compromiso de los actores intervinientes en esos procesos. Las razones parecen ser múltiples, pero es una realidad que muchos de los proyectos se desvanecen en el tiempo y sólo queda un sabor amargo, producto de la frustración y del repetido balance del fracaso.
Quien ha vivido o estudiado la aventura de un proyecto de Desarrollo comunitario sabe muy bien la dificultad que significa crear una dinámica de cambio efectivo en los hábitos de vida de una población. El Desarrollo es un fenómeno muy complejo, y la ética es el corazón de ese complejo.
Por un lado, todo Desarrollo comunitario significa cambio social, y todo cambio es una crisis que genera angustias, resistencias, anhelos, esperanzas y decepciones. Todo agente de cambio se enfrenta con poderes que sacan provecho del status quo. Y todo cambio de costumbre es un fenómeno largo y difícil. Para atreverse a cambiar, una comunidad debe haber entendido e internalizado la necesidad del cambio, debe haberse convencido de la necesidad de superar ciertos principios y modelos de comportamiento, y por lo tanto debe haber definido esta necesidad en términos valorativos de Justicia, de Bien, en consecuencia de mejora significativa.
La cantidad de proyectos de Desarrollo social comunitario fallidos deben habernos convencido de esta verdad: No se puede desarrollar a nadie sin su consentimiento. O dicho de otro modo: Todo Desarrollo significa Autodesarrollo.
Por lo tanto, debemos precisar la noción del "Autodesarrollo": No se puede desarrollar a nadie sin su consentimiento,
En el corazón de las resistencias que hacen ineficaz el Desarrollo Comunitario prefabricado, yace un móvil ético. Quizás, en ningún otro ámbito como en él del Desarrollo, la eficacia y la ética se juntan tan armoniosamente. Obligada conclusión: Querer desarrollar a otro sin su participación nunca es eficaz, porque nunca es justo.
Si existe un consenso cultural básico entre los que definen el Bienestar y los que van a vivir las consecuencias de esta definición, no debería haber problemas en el momento de la "aplicación". Pero en países multiculturales como lo son muchos en América Latina, la tarea es mucho más delicada. Un experto no puede definir un programa social para los demás sin peligro de etnocentrismo y despotismo ético, y la única manera de definirlo es pedirle a la misma población, en cada caso, que lo haga ella misma. Esta es la famosa participación, que ya no se entiende como el simple apoyo de la población en la fase de realización del programa, sino como un real control y empoderamiento ciudadano, desde la etapa del diagnóstico y diseño del programa hasta su concreción, es decir, la corresponsabilidad activa.

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